Saber brillar

•30 Diciembre 2009 • 2 comentarios

Siempre queremos llegar a las estrellas,
ir más allá,
donde todas las cosas son bellas.

Siempre tratamos de no caer,
porque no queremos perder,
porque le tenemos miedo a temer.

Pero siempre temrinamos fallando,
callando…
llorando…
gritando…

Nunca pensamos en traer las estrellas,
hacerlas brillar en nuestras manos,
dejarlas ser libres,
pero a la vez ser nuestras.

Nunca creemos en que nos podemos levantar,
que podemos brillar,
ser como las estrellas
y aprender a volar.

A pesar de que ya deberíamos saber,
que caer está bien,
y que volar es volver
para aprender a saber
como brillar otra vez.

Sofía Valrri 30/12/2009

Capítulo 2: Parte 1

•27 Septiembre 2009 • 2 comentarios

Ya habían pasado tres días desde la desaparición de Pedro. Eran las siete de la tarde y Ana aún le daba vueltas al tema ¿Cómo podía ser alguien tan morboso como para espíar a una niña de ocho años? ¿Sería aquella la primera vez o ya lo hacía desde antes? ¿Sería costumbre? Un escalofrío le recorrió la espalda. “Necesito un té” pensó dirigiéndose a la cocina, donde estaba Fátima con cara de preocupación.
-¿Por qué esa cara? -preguntó Ana.
-Nada, nada… el joven Pedro lleva mucho tiempo desaparecido -murmuró la anciana.
-Más le vale quedarse lejos de mi hija -amenazó.
-Pero no sabemos si fue él, no hay pruebas -replicó Fatima.
-Es verdad, Juan también pudo ser el culpable, o quizás los dos… tendrían que ser fucilados -
-¡Virgen santísima! ¡No digas eso! -exclamó llevandose la mano al crucifijo que llevaba en el pecho.
-Bueno, bueno, necesito un té, por favor -

Entre los trabajadores corrían los rumores de que Pedro había escapado con un mujer del burdel, una chica muy joven llamada Alicia, cabello oscuro y ojos verdes, la smalas lenguas decían que era un regalo dejado por un extranjero a Rosa, su madre, la dueña del antro. Juan escuchó a unas ancianas hablando de eso sin parar, aparentemente ambos habían desaparecido la misma noche, sin embargo lo que a él le extrañaba era aquella enorme luz, ¿sería un truco de Pedro para fugarse? Mientras llevaba el último fardo de alfalfa al granero tomó una decisión: íra a hablar con Rosa, para ver si descubría algo, ya que era un poco ilógico que su amigo no le contase nada. Algo más había en todo eso, él lo sabía, tenía una gran corazonada.

Antes de dormir Ana pasó al cuarto de Belén para darle su beso de las buenas noches. Se acercó a su hija mientras dormía y besó su pequeña mejilla sonrosada con ternura. Lo único que valía la pena en su vida era ella, su pequeña bebé, su única alegría. Justo cuando se desponía a salir vio algo que le llamó la atención, en el suelo, a los pies de la cama, habían unos papeles con garabatos de colores. Los tomó y se quedó mirando fijamente un dibujo en especial… era un cuadrado con tres formas ovaladas y seis rayas a los lados de cada una. Le tomó unos segundos comprender su significado, podía estar equivocada… o no, pero suponiendo que el cuadrado era el tragaluz, entonces las tres formas debían ser la “gente blanca” que Belén había nombrado… ¿tres? Si eran Juan y Pedro, ¿quién podría ser el tercero? ¿Otro trabajador más? ¿Cuántos locos habían allá afuera? Una extraña paranoia se apoderó de todo su cuerpo, nunca le había sucedido antes. Tomó a la niña en sus brazos y la llevó a dormir con ella en la habitación de huéspedes, un lugar seguro en que no podrían espiar.

Juan tocó a la puerta de la gran casona que alguna vez tuvo sus paredes con color. Todas las ventanas estaban cerradas y desde donde él se encontraba podía oír risas y música escandalosa. Se puso algo nervioso, si alguien lo veía por ahí empezarían a correr las voces. Unos segundos después abrió una mujer de pelo castaño, peinado hacia arriba. Le sonrió, le faltaba un diente.
-Eh… ¿está Rosa? -preguntó tímidamente, nunca más seguiría una idea tan improvisada, la mujer era horrenda.
-¡Ah galán, viniste por lo mejor! Pero lo siento… ella está muy mal desde la desaparición de su hija, pero pasa, vamos -le invitó, dandole un empujón hacia adentro. El lugar estaba repleto de gente y olía a perfumes baratos.
-No, necesito hablar con Rosa…¿sabe usted algo de la desaparición de Alicia con un trabajador de los Bácaro? -
-¡Pedro! como no conocerlo… varias ya le habíamos echado el ojo en el mercado -dijo riéndo coquetamente.
-Y… ¿ella también le había “echado el ojo”? -
-No lo sé, estaba un poco loca la pobre -se lamentó.
-¿Por qué lo dice? -inquirió Juan.
-Siempre decía que habían personas que la observaban de noche y luces, qué se yo, locuras -dijo haciendo un gesto despectivo.
-¿Luces? -murmuró, ¿tendría eso que ver con la luz del día anterior? -¡Rosa sabía algo de esto? -
-Por supuesto, pero ella solo la consolaba, de todas maneras nada muy decente puede salir de una niña que creció en un lugar como este… -
-Si, pero ¿y si no estaba loca? -
-Entonces que Dios nos libre de lo que haya sido… ¡Rosa! Este chico te busca -llamó la mujer.
-¿Qué quieres? -preguntó Rosa, era gorda, llevaba una bata rosa pálido y se notaba desvelada.
-Venía apreguntarle sobre su hija… -
-¡Vete! ¡vete en este momento, no tengo deseos de hablar ni contigo ni con nadie! -exclamó.
-Pero… dicen que se fue con Pedro, un trabajador de los Bácaro, yo solo quería saber si usted sabe si están bien… -
-Mi hija no se fugaría con nadie, yo lo habría sabido -
-Pero… ¿usted no tiene idea de que le spudo haber pasado? -
-No, vete -ordenó cortantemente Rosa.
-Espere, ¡usted no…? -no terminó la frase cuando ya le habían cerrado la puerta en la cara.
Se rascó la cabeza con preocupación… quizás la loca del pueblo sabía algo, después de todo ella había hablado con Pedro la tarde de su desaparición. Iría al día siguiente al mercado, había una pequeña probabilidad de que ella conociera su paradero.

Colores

•4 Septiembre 2009 • 1 comentario

Detrás de las montañas,
allí donde toda luz se apaga,
sombras de colores bailan en la noche.

Las nubes están agitadas,
las estrellas ya han sido evaporadas
y solo quedan los colores del viento…
jugando con las hojas,
charlando con las flores,
rozando el frío del terreno.

Detrás de las montañas,
allí donde toda luz se apaga,
emergen las raíces de un árbol olvidado.
Por ahí, más allá de la vista de todos,
él, por primera vez, florece.
Por primera vez, siente el frío.

Detrás de las montañas,
allí donde toda luz se apaga,
nacen un par de manos descuidadas,
olvidadas por el sol,
alejadas del calor.

El viento de colores
corre y toca las manos,
corre y acaricia las raíces,
corre y siembra los prados con resplandores,
corre y regala todos sus colores.

Detrás de las montañas,
allí donde toda luz se apaga,
el árbol toca el cielo,
las manos se despliegan sobre el alba
y el viento a otras tierras marcha,
habiendo devuelto a todos
el color de la esperanza.

Sofía Valrri

Capítulo 1: Parte 2

•26 Agosto 2009 • 2 comentarios

Ya había oscurecido en el pueblo. Se podía oír a los grillos desde la sala de estar. Ana estaba sentada frente a la chimenea junto a su esposo Eduardo Bácaro, quién leía una carta de su madre. La casa se veía totalmente distinta de noche, las sombras de los muebles se deformaban conforme iban apagándose las velas. De pronto, la señora Fátima entró enojada por la puerta que daba al comedor principal.
-¿Qué sucede? -preguntó Eduardo sin mirarla, totalmente concentrado en la carta.
-Es ese chico, Pedro -resopló la anciana -¡Nunca hace nada bien! Lo envíe a comprar, pero olvidó las naranjas ¿cómo puede olvidar algo que está anotado? ¡Se lo dije explícitamente, las naranjas son para la cena…! -
-Bueno, bueno, ¿qué esperabas? Es un hombre… -dijo Ana mirando despectivamente de reojo a su marido, quien pareció ignorarla.
-Ay niña… -suspiró Fátima viéndola con tristeza.
-Creo que podrías usar manzanas, no naranjas -sugirió cambiando de tema.
La ama de llaves asintió en silencio y se retiró. Eduardo subió las escaleras, dejando a su esposa a solas. Totalmente sola, como siempre. Revolvió un cajón del estante, sin buscar nada, solo para hacerse sentir que estaba ocupada, y que no tenía tiempo para preocuparse de cosas absurdas, como de que su marido hacía años que no la quería. Camino hasta el sofá y rompió a llorar.

Pedro hacía su turno de vigilancia junto a Juan, debían permanecer dando vueltas hasta las dos de la mañana, y mientras caminaban él le iba contando su encuentro con la extraña mujer del pueblo. Su compañero no parecía bastante sorprendido, según decían la mujer estaba loca y vivía sola en una casa a las afueras del pueblo, en el extremo contrario a la hacienda de los Bácaro. Le pareció una historia bastante triste, la pobre mujer no tenía a nadie ni nada. Dio un suspiro y miró a las estrellas. Estaban todas igual que la última vez, menos una, que se veía un poco más brillante. Se paró a observarla detenidamente, parecía que se movía de arriba a abajo casi imperceptiblemente.
-¿Qué miras? -preguntó Juan al ver que su compañero no respondía sus señas.
-Eso… -murmuró Pedro apuntando con el dedo a la estrella.
-Es una estrella, no le veo nada de raro -
-No, no, mirala fijamente… parece que se hace más grande -
Juan imitó a su amigo y levantó la cabeza hacia el cielo. Verdaderamente, la estrella parecía hacerse más grande. Ninguno de los dos había visto algo así antes, era hermoso, sorprendente y un poco atemorizante.
-Sí, ya la veo… Está cada vez más grande -afirmó Juan.

Todo estaba en penumbra, Ana no podía dormir, así que tenía la vista clavada al techo, esperando el cansancio. A pesar de haberse acostado muy entrada la noche había tenido tiempo suficiente para aburrirse y analizar cada imperfección de la habitación. El techo necesitaba una nueva mano de pintura, la cama rechinaba levemente, el reloj se tardaba un segundo extra en el cinco por alguna razón y había una tabla que estaba un poco levantada.
Bostezó finalmente cansada, cuando de pronto escuchó la voz de Belén, llamándola… ¿Estaba llorando o era su impresión?. Se levantó de un salto y caminó descalza hasta la habitación de su hija. Abrió la puerta, al instante la vio, acurrucada en un rincón de la cama, abrazando sus piernitas y sollozando.
-M-m-mami… -balbuceó con los ojos llenos de lágrimas.
-¿Que pasa pequeña? -preguntó ella sentandose a su lado.
-Hay gente mami, gente blanca que me mira -dijo Belén mientras su madre limpiaba sus lágrimas y la abrazaba.
-Fue una pesadilla, ya pasó, no te preocupes -la tranquilizó.
-¡No! ¡Estaban ahí arriba! -exclamó apuntando.
El dedo de la niña señalaba un tragaluz ubicado sobre su cama con el fin de alumbrarla en la noche. Ana frunció el ceño, ¿era alguno de los hombres el que la vigilaba? Iba a encontrar la respuesta en ese mismo instante. Agarró un par de abrigos y salió con su hija.
-¡¡Todos despierten!! -gritó varias veces mientras se aproximaba a las diminutas casas de los trabajadores -¡¡Arriba todo el mundo!! -exclamó furiosa, de a poco la gente fue saliendo -Escuchen, alguien a estado mirando a mi hija desde la ventana, quiero saber quién fue, y quiero saberlo ahora -todos se miraron desconcertados.
-Hoy estaban de turno Pedro y Juan señora -dijo una mujer.
-¿Y ahora? ¿Dónde…? -
Frente a ella venía cojeando Juan, todo empapado y tosiendo. Dos hombres lo ayudaron a caminar en dirección a su casa.
-Alto -dijo Ana -¿Por qué estás mojado? -
El joven la miró, tenía los ojos vidriosos, estaba jadeante y le había empezado a sangrar la nariz. Belén lo miró asustada.
-Déjelo descansar un momento por favor -suplicó una mujer anciana. Ana no la miró.
-¿Y Pedro? ¿Dónde está? -preguntó otra mujer.
-Claro, el culpable se esconde… Dime dónde está -se dirigió a Juan.
-No… no lo sé -musitó él.
-Hace frío, volveré, no piensen que voy a olvidarlo-amenazó y dio media vuelta con su hija ahora en brazos.

Toma mi mano

•26 Agosto 2009 • Dejar un comentario

Quisiera saber poqué no me ves
¿están tus ojos cerrados?
mi ángel, yo puedo abrirlos…

Caímos en la trampa de una vida eterna,
¿Puedes verme ya?
aquí estoy, solo toma mi mano,
así juntos caminaremos
por los bordes de las costas de lo eterno.

Ven, no veo tu corazón,
¿está cerrado también?
Solo toma mi mano,
juntos abriremos esas puertas cerradas.

Abriendonos paso,
apartando tu sufrimiento,
se q allí está la respuesta.
Deja que fluya por tus venas.
¿Puedes sentirme ahora?
Tomaste mi mano,
ya no estas solo,
no, nunca más.

Sofía Valrri (02/10/08)

Capítulo 1: Parte 1

•26 Agosto 2009 • 1 comentario

Era una mañana soleada de 1852, los pájaros cantaban sobre los árboles, meciéndose suavemente en sus nidos al compás de la brisa veraniega que descendía desde las montañas y refrescaba a los trabajadores de la hacienda de los Bácaro. Allí, alejada de las cosechas estaba la gran casa blanca, de más de 40 años, con sus tejas rojas reflejando el sol y todas sus ventanas abiertas de par en par, renovando el aire de las habitaciones. En la cocina, la señora Ana de Bácaro bebía su té tranquilamente esperando oír los pasos de su pequeña hija Belén, de ocho años, bajando las escaleras para desayunar. Mordió un pan recien sacado del horno, una de sus cosas favoritas era escuchar el crujido que producía la corteza crocante al tener contacto con sus dientes. Acomodó uno de sus cabellos marrones detrás de su oreja, al tiempo que desviaba la atención de su desayuno a Fátima, la ama de llaves, que entraba en ese momento desde la puerta que daba a la terraza. Notó su cabello gris, atado en un rodete, y esa mirada maternal que tenían sus ahora hundidos ojos oscuros, iguales desde que ella tenía memoria. Sonrió y se levantó para ayudarla con las bolsas de ropa limpia.
-Fátima, tu espalda, deberías tener más cuidado -dijo Ana a la mujer que había sido como su segunda madre.
-No, no, no hay problema pequeña, llevo años de trabajo, soy fuerte como un roble -le replicó la anciana arrebatandole una bolsa de las manos.
-Tan testaruda, te van a salir… -
-Más canas, ya lo sé -giró para mirarla -¿no te parece que con todas las que tengo unas cuantas más no harían mucha diferencia? -
-¡Ja! Yo no diría eso Fátima, te estás agregando más años de los que tienes -dijo Ana riendo.
Se oyeron unos pasos y luego se abrió la puerta. Belén corrió descalza a los brazos de su madre. Su cabello castaño y lacio llegaba hasta sus hombros, tocando con las puntas su pequeño camisón blanco. Ana apretó a su hija contra su pecho y besó su frente, los enormes ojos claros de la niña brillaron llenos de alegría. La pequeña corrió hasta alcanzar a la ama de llaves y tiró de su larga falda gris.
-Buenos días Nana -saludó dulcemente.
-Buenos días princesita, tu desayuno ya está servido -dijo la anciana, sonriendo con sus labios finos y arrugados.
-¡Gracias! -exclamó la niña.
De un salto Belén subió a su silla y dio un trago a su leche. Su madre volvió a sentarse para terminar de comer.

Mientras tanto en el pueblo Pedro compraba las últimas cosas de la lista que la señora Fátima le había encargado. Él era un joven de familia humilde, soñaba con mudarse al pueblo y abandonar la hacienda donde no tenía oportunidad de surgir económicamente. Cruzando la calle empedrada se percató de una mujer de edad que lo observaba. Sus cabellos estaban escondidos bajo en gorro casi tan andrajoso como su ropa, sus enormes ojos verdes parecían intentar traspasarlo, algo que lo incomodó bastante. Al principi trató de ignorarla mientras pagaba un kilo de zapallos, pero luego de comprar las manzanas y las berenjenas sintiendo la mirada de la mujer fija en su espalda no pudo resistir. Decidido se volteó, un escalofrío recorrió su espalda, ella estaba casi pegada a él, con una bolsa de papas en el brazo. Pedro abrió la boca para decir algo, pero el largo dedo de la mujer lo hizo callar
-Usted joven, tiene que advertirles, tiene que advertirles -susurró la extraña, mirando a ambos lados con desconfianza.
-¿A quienes? ¿Quién es usted? -preguntó el chico totalmente desconcertado.
-A ellos, a todos ¡A todos!, ¡Todos están en peligro! -gritó levantando sus brazos al cielo, los cercanos se giraron a mirarla -Dios purgue mi alma, que Dios purgue mi alma -balbuceó con los ojos cerrados y los brazos aún en alto -Pero ellos… ¡Ellos no la dejarán! ¡No! -elevó la voz nuevamente y se aferró a los brazos de Pedro para no dejarlo ir -Bácaro, Bácaro, ella es la niña, ella es la niña que ellos quieren… y se la llevarán, harán cosas en su cabeza… ¡Cosas horribles! ¡Le mentirán y le harán cosas horribles! ¡HORRIBLES! -chilló descontrolada, sus ojos estaban muy abiertos y un mechón negro se había posado en su frente.
-Eh… disculpe t-tengo que irme -tartamudeó Pedro desprendiendo a la mujer con rápidez y acelerando el paso hacia la hacienda.
-¡Se la llevarán, no lo olvide joven! ¡Y cuando todo se desmorone volverán a mí pidiendo auxilio y…! -su voz se perdió entre la multitud.
Pedro suspiró y evitando las miradas intrigadas del resto de los pueblerinos emprendió su camino de regreso. No había comprado naranjas, pero no pensaba volver así que se fue inventando una buena excusa para la señora Fátima en el camino.

Sobre mí

•25 Agosto 2009 • 2 comentarios

 

Bueno, para empezar antes de escribir les cuento como llegue hasta acá jeje… Todo fue gracias a mi amiga Memoryless (no sé si querías que pusiera nombres) que tiene un blog muy bueno http://xxmemorylessxx.wordpress.com/ se los recomiendo a todos! Y ¿qué más? A ver… Creeé este blog para hacer una especie de “novela online”, además para subir mis poemas, cuentos y metáfopras de mis momentos locos de inspiración jaja, y además si les gusta como escribo pueden comprar mi libro (todavía en proceso de creación!) que está echo con mucha dedicación :)

 

Disfrutenlo!!

 

 

 

.