Ya habían pasado tres días desde la desaparición de Pedro. Eran las siete de la tarde y Ana aún le daba vueltas al tema ¿Cómo podía ser alguien tan morboso como para espíar a una niña de ocho años? ¿Sería aquella la primera vez o ya lo hacía desde antes? ¿Sería costumbre? Un escalofrío le recorrió la espalda. “Necesito un té” pensó dirigiéndose a la cocina, donde estaba Fátima con cara de preocupación.
-¿Por qué esa cara? -preguntó Ana.
-Nada, nada… el joven Pedro lleva mucho tiempo desaparecido -murmuró la anciana.
-Más le vale quedarse lejos de mi hija -amenazó.
-Pero no sabemos si fue él, no hay pruebas -replicó Fatima.
-Es verdad, Juan también pudo ser el culpable, o quizás los dos… tendrían que ser fucilados -
-¡Virgen santísima! ¡No digas eso! -exclamó llevandose la mano al crucifijo que llevaba en el pecho.
-Bueno, bueno, necesito un té, por favor -
Entre los trabajadores corrían los rumores de que Pedro había escapado con un mujer del burdel, una chica muy joven llamada Alicia, cabello oscuro y ojos verdes, la smalas lenguas decían que era un regalo dejado por un extranjero a Rosa, su madre, la dueña del antro. Juan escuchó a unas ancianas hablando de eso sin parar, aparentemente ambos habían desaparecido la misma noche, sin embargo lo que a él le extrañaba era aquella enorme luz, ¿sería un truco de Pedro para fugarse? Mientras llevaba el último fardo de alfalfa al granero tomó una decisión: íra a hablar con Rosa, para ver si descubría algo, ya que era un poco ilógico que su amigo no le contase nada. Algo más había en todo eso, él lo sabía, tenía una gran corazonada.
Antes de dormir Ana pasó al cuarto de Belén para darle su beso de las buenas noches. Se acercó a su hija mientras dormía y besó su pequeña mejilla sonrosada con ternura. Lo único que valía la pena en su vida era ella, su pequeña bebé, su única alegría. Justo cuando se desponía a salir vio algo que le llamó la atención, en el suelo, a los pies de la cama, habían unos papeles con garabatos de colores. Los tomó y se quedó mirando fijamente un dibujo en especial… era un cuadrado con tres formas ovaladas y seis rayas a los lados de cada una. Le tomó unos segundos comprender su significado, podía estar equivocada… o no, pero suponiendo que el cuadrado era el tragaluz, entonces las tres formas debían ser la “gente blanca” que Belén había nombrado… ¿tres? Si eran Juan y Pedro, ¿quién podría ser el tercero? ¿Otro trabajador más? ¿Cuántos locos habían allá afuera? Una extraña paranoia se apoderó de todo su cuerpo, nunca le había sucedido antes. Tomó a la niña en sus brazos y la llevó a dormir con ella en la habitación de huéspedes, un lugar seguro en que no podrían espiar.
Juan tocó a la puerta de la gran casona que alguna vez tuvo sus paredes con color. Todas las ventanas estaban cerradas y desde donde él se encontraba podía oír risas y música escandalosa. Se puso algo nervioso, si alguien lo veía por ahí empezarían a correr las voces. Unos segundos después abrió una mujer de pelo castaño, peinado hacia arriba. Le sonrió, le faltaba un diente.
-Eh… ¿está Rosa? -preguntó tímidamente, nunca más seguiría una idea tan improvisada, la mujer era horrenda.
-¡Ah galán, viniste por lo mejor! Pero lo siento… ella está muy mal desde la desaparición de su hija, pero pasa, vamos -le invitó, dandole un empujón hacia adentro. El lugar estaba repleto de gente y olía a perfumes baratos.
-No, necesito hablar con Rosa…¿sabe usted algo de la desaparición de Alicia con un trabajador de los Bácaro? -
-¡Pedro! como no conocerlo… varias ya le habíamos echado el ojo en el mercado -dijo riéndo coquetamente.
-Y… ¿ella también le había “echado el ojo”? -
-No lo sé, estaba un poco loca la pobre -se lamentó.
-¿Por qué lo dice? -inquirió Juan.
-Siempre decía que habían personas que la observaban de noche y luces, qué se yo, locuras -dijo haciendo un gesto despectivo.
-¿Luces? -murmuró, ¿tendría eso que ver con la luz del día anterior? -¡Rosa sabía algo de esto? -
-Por supuesto, pero ella solo la consolaba, de todas maneras nada muy decente puede salir de una niña que creció en un lugar como este… -
-Si, pero ¿y si no estaba loca? -
-Entonces que Dios nos libre de lo que haya sido… ¡Rosa! Este chico te busca -llamó la mujer.
-¿Qué quieres? -preguntó Rosa, era gorda, llevaba una bata rosa pálido y se notaba desvelada.
-Venía apreguntarle sobre su hija… -
-¡Vete! ¡vete en este momento, no tengo deseos de hablar ni contigo ni con nadie! -exclamó.
-Pero… dicen que se fue con Pedro, un trabajador de los Bácaro, yo solo quería saber si usted sabe si están bien… -
-Mi hija no se fugaría con nadie, yo lo habría sabido -
-Pero… ¿usted no tiene idea de que le spudo haber pasado? -
-No, vete -ordenó cortantemente Rosa.
-Espere, ¡usted no…? -no terminó la frase cuando ya le habían cerrado la puerta en la cara.
Se rascó la cabeza con preocupación… quizás la loca del pueblo sabía algo, después de todo ella había hablado con Pedro la tarde de su desaparición. Iría al día siguiente al mercado, había una pequeña probabilidad de que ella conociera su paradero.